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Weblog dedicado al mundo del cine, tanto clásico como actual. De Billy Wilder a Uwe Boll, de Ed Wood a Stanley Kubrick, sin distinciones. Pasen, vean y, esperemos, disfruten. Si no es así, recuerden que NO han pagado entrada.
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UN CABALLERO EXTRAORDINARIO



Creo que en más de una ocasión ya he dejado clara mi absoluta admiración por los actores británicos, capaces de resultar creíbles en cualquier tipo de personaje, adaptándose como un guante a ellos, o de saber recitar versos isabelinos sin que se les trabe la lengua y haciendo que suenen a música celestial. Y aún así, de vez en cuando hay alguno que destaca de los demás, por alguna razón especial, y le gusta coquetear con el lado oscuro, como por ejemplo Dirk Bogarde o Terence Stamp. Éste sería el caso de Jeremy Irons.

Aunque su primera aparición en el cine fue en Nijinksy, su carrera empezó en la televisión, y de allí le vino su primer gran éxito, por la serie Retorno a Brideshead, una de las joyas de la corona de la BBC de todos los tiempos. Su Charles Ryder ya sirvió para definir el tipo de personaje que con el tiempo iría ampliando, aunque no mejorando, porque toda la base ya estaba allí: elegante (le sienta el smoking como a pocos), ambiguo, de gestos exquisitos, decadente… Tener al lado monstruos sagrados como Laurence Olivier y John Gielgud no pareció intimidarle lo más mínimo.

Su siguiente película fue La mujer del teniente francés, y al que algunos definieron como el “sex symbol de las intelectuales” pronto se convirtió en el compañero favorito de divas del calibre de Meryl Steep o Glenn Close, en películas como la citada, La casa de los espíritus o El misterio Von Bulow. No contento con eso, también tuvo su particular duelo interpretativo entre actor británico y del actor’s Studio con Robert de Niro en La misión , aunque el resultado quedó en tablas, enriquecido por la diferencia de sus estilos.

Pero sus retos iban a más, y David Croeneberg se lo ofreció, haciendo que interpretara a unos retorcidos gemelos en Inseparables y a un locamente enamorado de John Lone, creyendo que es una mujer (el amor es ciego) en M Butterfly. Vivió su último tango con la parisina Juliette Binoche en Herida, y –finalmente- ganó un Oscar con El misterio Von Bulow, que confirmó lo que ya sabíamos hace tiempo –y volvió a demostrar en La jugla de cristal 3- que no hay nada más “cool” que un villano británico.

Parecía que el futuro no podía ser más prometedor, pero llegaron los disparates del tipo de Dragones y mazmorras, La máquina del tiempo o Eragon, en la que uno no podía menos que preguntarse qué *** estaba haciendo allí, alternando con lo que se puede considerar secundarios de lujo, como en El mercader de Venecia, Conociendo a Julia, o El hombre con la máscara de hierro. Por eso da gusto verle cuando se le sabe sacar partido, como en Apaloosa. El hecho de que la única aparición que haya hecho después sea en La pantera rosa 2 no permite que podamos hacernos demasiadas ilusiones, pero aún así ha sido un placer conocerte, Jeremy.
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¿NO HAY MANAGERS? ESTO ES EL PARAÍSO...




Aunque en la Linterna no somos proclives a la publicidad (véase la impoluta carencia de advertisement en nuestra página), no hemos podido evitar prestar atención a esta pequeña pieza publicitaria de tonalidad cinéfila: protagonistas, George Clooney y John Malkovich; director (aunque parezca mentira, por lo blanquecino y estático del asunto), Robert Rodriguez. Por TV nos pasan una versión light que no nos llama la atención. Pero esta, la más larga (con perdón), sí. La escena del sofá, en un primer momento, me hizo pensar que era una especia de gran toma falsa, pero no. Desconozco si es una improvisación de los actores (y de las angelicales modelos que les acompañan, que, contra todo pronóstico, hablan), pero les queda absolutamente genial, y los rostros picarones de ambos, mientras San Pedro-Malkovich le explica a Giorgio por qué no se hace cine en el Cielo, son para enmarcar. No ha habido manera de encontrar el anuncio subtitulado al castellano, sólo al francés, pero se entiende, creo, perfectamente. Para los refractarios al inglés, en la página del producto en cuestión sí está subtitulado. Ay, si no hubiera managers...
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EL ÉXTASIS DEL ORO





En el mundo hay dos tipos de personas: los que saben disfrutar del buen cine, sin perjuicios de género, procedencia… y los que no. Por eso, si un cineasta gafapasta se deja perder un spaguettiwestern como El bueno, el feo y el malo, es que pertenece a la segunda categoría.

El bueno, el feo y el malo es la tercera parte de la llamada “trilogía del dólar” de Leone, en ella nos encontramos todo lo que podemos esperar del director italiano: desmesura (dos horas y media de duración, con escenas tan innecesarias para la historia como la del encuentro de Tuco con su hermano, pero que enriquecen al personaje), primerísimos planos, y un magistral uso tanto del silencio como de la música. Ahí está ese cuatro de hora prácticamente con que comienza la película, sin diálogo alguno, por ejemplo, o la escena de la emboscada a Eastwood, aprovechando el ruido que hace una tropa de soldados que está desfilando, pero acaban delatados por el sonido de una espuela.

La inexpresividad de Clint Eastwood haciendo de el “rubio”- “ el bueno”- (prácticamente cada frase suya va precedida por el gesto de encender el cigarrillo) contrasta con la enorme expresividad de “el feo” –aunque no es para tanto- ,Tuco (Eli Wallach), que grita, llora, ríe, insulta ("Me gustan los tipos grandes como tu, por que hacen mucho más ruido cuando caen")…, pero pese a ser tan distintos se ven obligados a estar juntos movidos por la codicia. No se fían el uno del otro, pero aún menos de “Sentencia” – “el malo”- (Lee Van Cleef), un frío asesino a sueldo, claro precedente de Anton Chigurth por su peculiar sentido de la profesionalidad.

Nadie se salva, y tampoco se hace distinción entre los dos bandos del ejercito, sirviendo de perfecta metáfora la confusión que produce el ver los uniformes cubiertos de polvo, pero la guerra es algo que no importa a nuestro trío,que la consideran un desperdicio de gente muerta inutilmente, ya que mueven tan sólo por la codicia o el sentido de supervivencia.

La escena final de duelo a tres bandas ya forma parte de la historia del cine, todo un prodigio de montaje y uso de la magnífica y ya mítica banda sonora de Ennio Morricone. Mucho decir que City on fire sirvió de inspiración a Tarantino para el duelo final de Reservoir dogs, pero Leone estuvo antes.
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NO, MINISTRO



El otro día, viendo en el cine “In the loop”, se me ocurrió que el tratamiento de la política en España da para una enciclopedia ensayística. No hablo de la política en sí, ni de sus actores; me refiero a cómo se observa desde los medios de comunicación y, especialmente, desde el arte. En ese sentido, el séptimo ídem tiene un potencial enorme para manejar la política desde múltiples puntos de vista: melodrama, tragedia, comedia, sátira, esperpento, thriller, cine de terror... todo cabe, con lo cual todo vale.

Undostres, respondaotravez: por 25 pesetas, películas españolas cuyo eje central sea de corte político.

Y no, “La avispita Ruinasa” o “¡Que vienen los socialistas!” no valen.

Me lo imaginaba. Si Mi Egregia Majestad fuera un analista concienzudo y profundo, podría marcarse un peacho post sobre las circunstancias que nos llevan a esta particular sequía de nuestro cine. Por desgracia, mi profundidad se asemeja a la de una caja de zapatos, así que dejo la reflexión sobre la cibermesa, y aprovecho para cascarme una trilogía sobre cine político que arranco hoy con la película citada, y así ya no tengo que pensar sobre qué coño escribir hasta, ohmyfuckingoddess, el día de Navidad.

“In the loop” es una especie de spin-off de una serie de culto británica, “The thick of it” (que pienso agenciarme a la voz de ya), a la que se le ha otorgado pátina de ser la nueva “Sí, ministro”. Y eso, amigos, son palabras mayores. Hablamos de ese tipo de sátira política que sólo los británicos son capaces de hacer, en la que no se salva ni el chico de los cafés: retratan la política como si hubiese emergido de una explosión atómica de estupidez. Ese tipo de sátira política en la que los líderes de la patria se comportan como críos, detrás de la pomposidad de sus carteras ministeriales, y juegan con nuestros destinos con miradas picantonas, reyertas de patio de colegio y enfurruñamientos de 4º de EGB. “In the loop”, cuyo creador es el mismo de la serie (Armando Ianucci), se vale de alguno de los personajes de la misma para desarrollar su largometraje. En él, los presidentes de Gran Bretaña y USA tienen decidido entrar en combate en un lugar no especificado de Oriente Medio (pongamos Afganistán), a la espera de encontrar el momento adecuado para anunciarlo. Pero al Ministro de Desarrollo Internacional, un idiota pusilánime llamado Simon Foster (Tom Hollander), no se le ocurre otra cosa que decir en una entrevista que “una guerra en el Oriente Medio sería de consecuencias imprevistas”. El Ministro Portavoz y mano derecha del presi, Malcolm Tucker (Peter Capaldi), un hijo de puta malhablado capaz de vender a su madre en fascículos por colocar una proposición de ley, le presiona inmisericordemente para que cambie su línea de opinión (aunque, en realidad, no tiene ninguna). Pero hay una Secretaria de Estado americana (Mimi Kennedy) y un alto mando del ejército yanqui (James Gandolfini) que son contrarios a la guerra y que van a exprimir al tarugo de Foster para conseguir su objetivo.

Aparte de la fuerte carga satírica (que nunca cruza, yo creo que con acierto, los límites de la parodia, para que en todo momento emerja una sensación de “coño, sí, mucha risa, pero no podría ser que...”), la película hace gala de un ritmo realmente envidiable, fruto de la cámara en mano (un estilo semidocumental que está muy en boga en la televisión actual: “The office”, “Modern Family”...), del efecto ametralladora de los ingeniosísimos diálogos (“¿has dicho “escalar la montaña del conflicto” por la tele?¡ Ha sonado como si fueses la Julie Andrews nazi!”) y de un guión impecable, en el que siempre parece que hay algo que se va a escapar de las manos del director – todo el tema de Steve Coogan y el muro –, pero que acaba cerrando todos los cabos de manera magistral en el último y frenético acto en la sede neoyorquina de la ONU.

Algunos han llegado a afirmar que “In the loop” es la “Dr. Strangelove” del siglo XXI. Es, aparentemente, una enorme exageración. Hay un tono esperpéntico en el excelso filme de Kubrick, personificado en el tour de force interpretativo de Peter Sellers, que en el largometraje británico no aparece por ningún lado. Pero, en realidad, quizás sea esa la manera de hacer “Dr. Strangelove” en esta época. Por otra parte, es cierto que no hay ningún Sellers, pero sí hay un Peter Capaldi que se merienda la película a base de higadillos de político, y un reparto que, sencillamente, se funde con sus personajes, incluido un James Gandolfini medido, muy alejado de Tony Soprano, y que tiene el gran plano dramático de la película, sólo, sentado en una silla.  Por si fuera poco, gracias a “In the loop” nos enteramos de que Anna Chlumsky, amigos, sigue existiendo después de “Mi chica”. Se hace imposible verla, aún así crecidita, sin que la mente nos traicione y comience a sonar en nuestra cabeza “My girl” en voz de los Temptations.


Mientras no aparezca Macauley, todos tranquilos.
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¡BIENVENIDO, MISTER ALLEN!



Nunca debí dejar Nueva York. Soon Yi insistió en que viajáramos y fuéramos a lugares donde hiciera sol. De nada sirvió que le dijera que con el sol me salen pecas. Ir a Inglaterra no estuvo mal: hablan nuestro mismo idioma, aunque con ese acento que vuelve locas a las mujeres, y conducen por el lado contrario, pero más o menos me entendía.

Lo de ir a España era otra cosa, pero me ofrecieron tantas facilidades que no pude menos que aceptar la propuesta de Vicky Cristina Barcelona. En Barcelona tengo un público muy fiel desde hace años, y en Oviedo hasta tienen una estatua mía a la que suelen robar las gafas (¿qué mayor prueba de afecto que esa?), de modo que tal vez sirva en cierto modo para darles mi agradecimiento.

A la que llegamos a Barcelona cogimos un taxi desde el aeropuerto al hotel; el taxista no paraba de mirarnos a través del espejo retrovisor hasta que exclamó:

- ¡Coño! ¡Pero si es el de la trompeta!
- Nada me gustaría más que me confundieran con Louis Amstrong, pero creo que se equivoca.
- ¡Si, hombre, si! Usted es el que no va a la ceremonia de los Oscars porque tiene que tocar la trompeta.
- En realidad es un clarinete.
- Claro, claro. ¡Si yo también tocaba la trompeta en la mili! ¡Anda que cuando se lo diga a mi cuñado!

Una vez empezó el rodaje la cosa se animó bastante; por alguna extraña razón no paraban de venir políticos a vernos, y fuera donde fuera siempre nos rodeaba una multitud de gente.

El reparto me parece el más adecuado. Javier Bardem es el típico actor del método que quiere saber la motivación y explicación de cada chiste; le digo que ni siquiera Freud fue bueno analizando los chistes (sencillamente, no era gracioso), y que al fin y al cabo su personaje tan sólo es un símbolo para que las norteamericanas quieran venir a España pensando que van a encontrar al amante ideal. Por algo dicen que mis personajes masculinos se parecen siempre a mí. Eso parece convencerle de momento, hasta que pregunta: “Si, pero ¿cómo lo habría hecho De Niro?

Le digo una y otra vez a Penélope Cruz que esta no es una película de Almodóvar y no hace falta que grite, pero no parece hacerme demasiado caso. De todas maneras se ha hecho muy buena amiga de Scarlett y se han ido a comprar juntas, aunque esa no era precisamente la idea que tenía de hacer algo juntos.

Scarlett parece algo despistada, ya que no para de preguntar dónde está la famosa movida, pero no quiero desengañarla; ya se sabe que estos actores de ahora son tan susceptibles que igual le entra una depresión y no puede trabajar. Las construcciones de Gaudí resultan muy fotogénicas, pero un día que estamos rodando se nos acercan unos peatones y nos comentan que, si queremos grabar en la Sagrada Familia sería mejor que nos diéramos un poco de prisa, ya que por lo visto van a hacer unas obras por ahí y tal vez el edificio se venga abajo. .. Lo dicho: no debería haber dejado Manhattan.
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EL BAYÓN DE MORETTI





Se cuenta una anécdota muy definitoria de la España de los 50, y de la reprimida testosterona de aquel varonío hispano. Dícese de proyecciones, en algún pueblo de la España profunda, en las que se ofrecía el filme “Ana”, con Silvana Mangano incendiando la pantalla al son de “El negro zumbón”, en sesión continua. Dícese de un momento determinado en cada proyección en el que el acomodador, al grito de “¡señores, el bayoooón!”, atrae a una horda indeterminada de hombres asilvestrados al interior de la sala para ver dicha escena. Dícese de su salida atropellada y apenas airosa una vez la escena ha finalizado, aliviados de pecaminosidad.


No sé si ocurría algo similar en Italia, o si Nanni Moretti lo vivió. En su mejor y más personal película, “Caro diario”, Moretti repasa sus fobias y filias a golpe de Vespa y turismo insular; una de sus filias es, indudablemente, el cine, y el director italiano no se deja de referencias, desde el descomunal palo a “Henry, retrato de un asesino”, hasta el encontronazo con su adorada Jennifer Beals, pasando por su estancia en la Stromboli de Rossellini o el fin del primer capítulo muy cerca de donde fue asesinado Pasolini. O, claro, esta nostálgica parada en la ruta para bailar (pésimamente: parece servidor bailando el Aserejé recién sumergido en JB, una noche que...) el bayón de la sensualísima Mangano.
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SI BORAT FUERA CANTANTE



Recordemos los tiempos del Un, dos, tres. A veinticinco pesetas cada una, digan nombres de directores finlandeses… ¿Cómo?¿Ni uno?¿Lars Von Trier? No, que es danés (no, no es lo mismo).Pues bien, cualquier cinéfilo gafapasta que se precie al menos sabrá mencionar uno: Aki Kaurismaki.

Aki (muy conocido también allá), tiene un estilo basado en personajes inexpresivos, de pocas palabras, gran importancia del uso de la música y un sentido de humor bastante marciano. Sus películas son más bien cortas, por principio, ya que cree que no deben llegar a las dos horas, durando normalmente sobre hora y media.

Leningrad cowboys go America es una de sus películas más peculiares; un inclasificable grupo musical de tupés kilométricos y enormes zapatos puntiagudos decide abandonar la tundra siberiana e ir a America, acompañados de su manager Vladimir (Matti Pellonpaa). Allí descubren el rock and roll (algo difícil de creer, con la pinta rockabilly que tienen), y recorren en coche los Estados Unidos, actuando donde pueden, para acabar tocando en una boda en Méjico.

He aquí la historia; un road movie con todas de la ley, salpicado de canciones, porque no hay argumento. La película se divide en escenas presentadas por un título, como en el cine mudo, y no es difícil adivinar que la principal influencia fue Buster Keaton. Al no tener un argumento, por lo tanto, el ritmo es irregular, pero la salva su peculiar sentido de humor, muy en la línea de Jim Jarmush, por lo que no es de extrañar verle haciendo un cameo.

Detalles como la tacañería del manager, que ellos aceptan sin inmutarse, la primera confrontación de un admirador calvo frente a sus tupes, o el ataúd de uno de ellos con la guitarra sobresaliendo le dan un aire muy especial que se hace simpático. La mezcla de culturas también funciona , un poco al estilo de Borat aunque sin usar la sal gruesa (impagable el comentario de que la primera noche en Nueva York siempre matan a alguien)

Lo mejor que puede decirse de la película son sus resultados: a partir de ella el grupo existió en la realidad, llegando incluso a actuar en el Radio City Music Hall con los Coros del Ejército Ruso, y Kaurismaki hizo una continuación llamada Leningrad cowboys meet Moses, de modo que puede decirse que finalmente hicieron las Americas
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¿ESTÁ UD. DISPUESTO A CAMBIAR SU VIDA POR LA DEL PRESIDENTE?





No, señora, es sólo un titular, yo no estoy... no, señora, qué coño apología del magnicidio, es una frase de una película que... que yo no le digo que... no, no es que Zapatillas me caiga especialmente bien, con esas cejas, pero de ahí a pensar que yo... no veo que haya necesidad de ir a presentar una denuncia contra nadie, que yo no... en todo caso, dígales que la directrice se ha comprado un kilo de revistas de modelismo en el mercado de San Antonio. Que vayan a investigar a su casa, si quieren (y si aguantan el olor a votox), pero yo no he dicho nada, ¿eh?

Pesadez-oigs. Empiezo. Dos hechos extraordinariamente relevantes, y de indudable traza cinematográfica, han marcado a fuego la historia contemporánea de los Estados Unidos: uno, muchísimo más global por diversas razones geopolíticas y sociológicas que ahora no tocan, fue el ataque terrorista a las Torres Gemelas de New York el famoso 9/11; el otro, de calado más local, fue el asesinato de JFK (habrá un tercero, dentro de dos años, cuando Oprah haga su último programa y les regale a los asistentes al mismo, no sé, una parcela en Saturno, por ejemplo). Quizás sea que hay más perspectiva histórica, pero da la impresión de que el ejercicio de tiro al blanco de Lee Harvey Oswald (o Fidel, o la CIA, o la mafia, o “Islero”, o quien recoñios fuese) marcó a los americanos de manera más decisiva. No sé si hasta el punto, como algunos dicen, de considerarlo “la pérdida de la inocencia del pueblo americano”, supuesto sobre el que mantengo alguna que otra duda razonable; sí que derivó, de cualquier modo, en un prolongado estado de “shock” colectivo que, aún hoy en día, ha dejado secuelas. El cine americano, como con todo hecho destacable (y americano) que se precie, se ha aprovechado, o, mejor dicho, refocilado, en la memoria histórica de su país, y han explicado el suceso desde todos los prismas posibles, desde los hechos más directos (“JFK”, claro) hasta los más tangenciales: ahora mismo, con un sueño que me hace rozar el teclado con los párpados, se me ocurren “Love field”, “Ruby” o “En la línea de fuego”. En esta última sale Harry el Sucio, así que vamos a echarle un vistazo.

Wolfgang Petersen, irremediablemente alemán, es un señor que se ha convertido en un director más bien truñoso, impersonal autor de cosas como “Troya” o “Air Force One”, al que Jolibud tiene a bien encargar películas con sello “me voy a comer tu taquilla” y temática “bigger than life”. Por fortuna, se prodiga poco, aunque hay que reconocerle que, por lo menos, se abstiene de montajes videocliperos-Michael Bay, y es bastante correcto filmando. Tiene el honor de haber realizado la película más emitida por los canales autonómicos españoles: “Estallido” (que, aun así, no me canso de ver: es lo más parecido a “Dustin Hoffman pateando culos” que jamás veremos. Un día de estos la reseño), pero su mejor película obtiene su esqueleto argumental del famoso magnicidio de Dallas. Es “En la línea de fuego”, y en ella, Clint Eastwood interpreta a Frank Horrigan, el único guardaespaldas que queda vivo de los que estuvieron en el momento de marras; hoy en día es agente del servicio secreto, y tiene que enfrentarse con un ex-asesino a sueldo del ejército americano, Mitch Leary (John Malkovich), que amenaza con matar al presidente, iniciándose un juego psicológico entre ambos antagonistas. Frank, empujado por su pasado, su sentido del honor y las piernas de Rene Russo, vuelve a formar parte del servicio de protección del presi. Con lo cual corre serio peligro de batir un curioso récord: el de ser el agente que más presidentes ha perdido.

“En la línea de fuego” es una película facturada de manera competente, sin alardes, con un par de excelentes escenas y un reparto adecuado del suspense. No inventa la pólvora ni lo pretende, sabe cuáles son sus puntos fuertes y tira de ellos con cierta elegancia. Básicamente, sus puntos fuertes son sus dos actores principales, que exhiben una categórica química entre ellos a pesar de no compartir apenas planos. Lo mejor de “En la línea de fuego" se encuentra en las conversaciones entre ambos personajes, en las que Mitch, tan psicópata como magnífico manipulador, sabe meter el dedo en las varias llagas de Frank (sin ir más lejos, el planteamiento del título del post) a la vez que establece con él una curiosa relación de jugador noble. Mientras afirma que es su amigo y que no le miente nunca (lo cual es verdad), estira su maquiavélico plan para jugar, de manera ventajista, al gato y al ratón con su avejentado e impulsivo antagonista. Malkovich, que fue candidato al Oscar por este papel, compone su personaje con metrónomo, conjugando a la perfección su rostro perverso, su dicción mayestáticamente elegante y su físico equino para crear un villano perdurable. Tiene las mejores líneas de diálogo, y consigue que sus razonamientos parezcan válidos o, cuanto menos, susceptibles de debate. Hay una crítica no demasiado soslayada, además, contra la política exterior americana, lo suficientemente oscurantista y pandillera como para ser responsable de un monstruo como Leary. En el otro lado del cuadrilátero está tito Clint, que se lo pasa bomba con su versión viejuna y resabiada de Dirty Harry, al que convierte en un adorable gruñón, cínico e impulsivo; una versión 6.0 de su personaje stándard que el viejo Clint dibuja con los ojos vendados. Es, por cierto, el último papel que Eastwood ha interpretado para un director que no sea él mismo.

La película hace gala de varios costurones que la distancian de la grandeza. Se observan, sin necesidad de rascar demasiado, varias inverosimilitudes que hacen rascar la cabeza al espectador. Se hace intragable el empeño de los asesores presidenciales por despreciar una amenaza que está clarísimo que es real altamente peligrosa. Un cúmulo de casualidades llevan a Frank al lugar correcto en el momento oportuno. Y, hombre, puede que tito Clint sea un cachondón y sepa guiñar el ojo como nadie; pero su relación con Rene Russo no pasa ni por la puerta de Brandemburgo. Además, y lo que voy a decir puede que esté penado por la ley, la banda sonora del gran Morricone no está muy afortunada, quizás con excepción del tema de los créditos finales. Sin embargo, todo esto no reseca el sabor que deja la película, un buen thriller con un villano memorable y un personaje principal que encarna el sentimiento de culpa americano. Un filme que, además, nos confirma que, décadas después, todavía hay resaca de JFK. Y lo que nos queda.
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LA VENUS ¿RUBIA?




Hay modas para todos los gustos. En los años 70 hubo como una especie de renacimiento del fetichismo nazi, y contribuyeron a ello películas como Cabaret o El portero de noche. Un poco anterior a ellas, La caída de los dioses de Luchino Visconti, también se dejó llevar por la fascinación de los uniformes de la SS. En una de las escenas más famosas de la película del maestro milanés, una adinerada familia alemana, los Essenbeck, están celebrando el cumpleaños del patriarca, y los más jóvenes de la familia le ofrecen una función de esas destinadas a que a los mayores se les caiga la baba viendo a los niños. Todo funciona con normalidad: unos recitan poesía, otros tocan música clásica…hasta que la oveja negra, Martin (Helmunt Berger) rompe el encanto y la armonía de la velada, imitando a la Marlene Dietrich de El ángel azul y cantando Kinder, heute abend. Lo cierto es que cualidades no le faltan y las piernas de Berger casi se pueden comparar con las de Marlene, pero una noticia hace que tenga que interrumpir su actuación: acaban de incendiar el Reichstag. Mítica.
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EL SR. LOBO



Mire señora, pues a veces sí que sirve para algo esto de escribir articulillos en la interné sin ánimo de lucro (corrección: sin ánimo de lucro de la Directrice. Yo ando loco por el lucro. Y si viene acompañado de Monica Bellucci, mejor). Ha sido iniciar mi arduo trabajo de investigación sobre Harvey Keitel, y descubrir, para mi sorpresa, que aparece, no acreditado, en los “Malditos bastardos” de su amiguete Tarantino. ¿Cómorrrrlll? Bueno, más que aparecer, se le oye. Es el oficial americano que habla por teléfono con el coronel Hans Landa en una de las escenas finales de la película. Ni se me ocurrió que podía ser él mientras veía el largometraje, ni leí nada al respecto a posteriori. Es, con total seguridad, el trofeo más prestigioso de su palmarés cinematográfico del último lustro, en el que parece que los estudios han empezado a olvidarse de él. Ni siquiera la televisión, ese reducto cada vez más prestigioso (ojo, me refiero a las series), le ha dejado estabilizar la silla, y, como en su día nos recordó Alicia, “Life in Mars” no tuvo éxito de audiencia. Tiene ya setenta años, aunque nadie podría verle interpretando a un vejete entrañable. Sus facciones rotundas, que en alguna época le hicieron parecer mayor y que ahora le rejuvenecen, lo impiden. A mi generación, Harvey Keitel fue descubierto por Quentin Tarantino (aunque también podría decirse al revés) y en los noventa alcanzó una edad dorada, a nivel de prestigio y popularidad, edificada sobre su valiente arrojo a favor del cine independiente, y un criterio algo errático a la hora de elegir papeles alimenticios. Pero lo cierto es que el señor Keitel nació, artísticamente, con Martin Scorsese; fue su primer compinche, antes incluso que Bobby De Niro. Y ser compinche de Marty cuenta, y cómo, para el C.V.


Como la mitad de los actores de su generación, Harvey Keitel mamó interpretación en el Actor's Studio, desde donde saltó al teatro y, respondiendo a un anuncio de prensa, fue enrolado como protagonista en la primera película de cierto italoamericano cejijunto: “Who's knocking at my door”. Emergió la química entre ambos, y el tándem siguió pedaleando en “Malas calles”, “Alicia ya no vive aquí” y “Taxi Driver”, realizando protagonistas o secundarios de peso, y cultivando una imagen macarrona que décadas después se sofisticaría considerablemente. Aunque he de decir que el gran hito de Harvey en esta época no es ningún filme de Marty, sino el haber participado en una cinta con un título tan maravilloso como “El madre, la melones y el ruedas”, de la que hay que desmentir urgentemente dos cosas: a) NO, no es una película porno de carretera; y b) NO, la culpa no es, por una vez, de los traductores españoles: ese es el título original. “El madre, la melones y el ruedas”. Es TAN genial.


Me disperso. Cuando parecía que su carrera se disparaba (recuerden “Los duelistas”), llegó tito Francis con el mazo, y le dio un golpe de tal contundencia que estuvo a punto de arrojar por la borda su carrera. Había sido contratado por Coppola para interpretar al coronel Willard en “Apocalypse now”, y pocos días antes del comienzo del rodaje, fue despedido y sustituido por Martin Sheen. En lugar de abandonar, el actor neoyorquino se autoexilia laboralmente, paseándose por varias cinematografías europeas, y combinando experiencias de prestigio con Ettore Scola o Bertrand Tavernier, con hitos algo menos insignes, como haber compartido cartel con Miguel Bosé en la incalificable “El caballero del dragón”. Probablemente de estas experiencias emergen inquietudes independientes que más tarde, al alcanzar cierto poder industrial, pudo desarrollar por sí mismo. Así que, en cierto modo, se podría decir que gracias a Miguel Bosé existe Quentin Tarantino.


Y es que después de que la carrera de Harvey renaciese ligeramente, entre otras cosas, gracias a alguna que otra manita de Marty, nuestro héroe de hoy conoce a cierto ex-empleado de videoclub que que parece que tiene algo que decir sobre el cine negro. Keitel se lanza a la piscina, y coproduce y protagoniza una de las películas clave a la hora de entender la historia del cine en los últimos veinticinco años: “Reservoir dogs”. A estas alturas, a Harvey ya se le ha puesto cara de matón impenitente, o de poli de escrúpulos olvidadizos; sin embargo, su Mr. White de “Reservoir dogs” es el único que transmite un mínimo de humanidad en la película, y el actor se reivindica como un intérprete rico en registros y de buen olfato para el talento. A partir de aquí, Keitel consigue aunar, de manera insólita, prestigio crítico, popularidad, y una imagen muy asociada al cine independiente. Se podría decir que Harvey se divide en tres: el Keitel selectamente indy (“Pulp Fiction”, “El piano”, “Smoke”, “Blue in the face”, “Abierto hasta el amanecer”, “Copland”); el Keitel alternata radical (“La mirada de Ulises”, “Holy smoke”, “Tres estaciones”); y el Keitel alimenticio y algo metepatas (“Sister Act”, “La asesina”, “Juego peligroso”, “U-571”, “Little Nicky”). Seguramente, su interpretación más estremecedora es la de “Bad lieutenant”, el desgarrador film de Abel Ferrara, en el que Harvey, literalmente, se vacía. Muchos podrán discutir la película, pero su interpretación es realmente aterradora, en el mejor sentido de la palabra. Aún así, yo me quedo con el humano, bien humorado y muy neoyorquino Auggie Wren de “Smoke”, tan aparentemente alejado de su arquetipo, y que borda con un festival de matices, gestos y miradas, una interpretación muy alejada de algunos de los cánones que, teóricamente, había mamado de joven.


Aunque sigue apoyando activamente el cine indy desde su productora The Goatsingers, y a veces aparece por cinematografías muy alejadas de la americana, últimamente se le ve poco a Harvey Keitel. Donde más, haciendo de palmero de Nicolas Cage en las dos entregas de “La búsqueda”; y se viene una participación en otra secuela, la tercera de “Los padres de ella” (hacer del diablo en “Little Nicky” no podía traer nada bueno, Harv). Es lo de menos. Ya se nos ha quedado grabada la imagen de un actor de filo duro, enorme credibilidad y un aura de respeto muy difícil de conseguir. Al fin y al cabo, todos quisiéramos tener el teléfono del sr. Lobo para que nos arregle los desaguisados que vamos montando por ahí. Yo, por lo menos.
 
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