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Weblog dedicado al mundo del cine, especialmente el clásico, y sin olvidar el actual. "La linterna mágica" está alumbrada desde 2006 por Alicia y Marcbranches en sesión continua. Pasen, vean y, esperemos, disfruten.
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ÉRASE UNA VEZ EN EL OESTE



No podía dejar de hablar del resurgimiento del western sin comentar una magnífica serie, otra joya más de la corona de la HBO: Deadwood. Podría considerarse prima hermana de Roma, ya que tiene varios puntos en común con ella: realismo casi obsesivo en todos los aspectos (esas calles que son barrizales, esa porqueriza que sirve para deshacerse de los muertos incómodos…), sexualidad y violencia sucia y directa sin el más mínimo adorno, tacos constantes, y mezcla de personajes reales con ficticios.

No hay nada más fascinante en la Historia que el nacimiento de una nación, ver cómo de la nada un grupo de personas sin importancia consiguen levantar una ciudad poco a poco. Sus nombres no pasarán a los libros de Historia, pero sin ellos no habríamos llegado a donde estamos. Y Deadwood trata de todo ello. Deadwood es un lugar cercano a Dakota, rodeado de montañas. Nadie se detendría allí si no fuera por el oro que dicen que hay en el terreno, y eso ha hecho que llegue gente sin cesar, esperando hacer fortuna.

La serie tiene un reparto coral, ya que no hay un protagonista concreto, aunque podría decirse que Seth Bullock (Timothy Olyphant) es lo más cercano a un héroe, sus ataques de ira impiden que sea perfecto, y además acaba totalmente eclipsado por el “lado oscuro”. Porque no nos engañemos, es lo que más abundaba en el lejano Oeste, donde imperaba la ley del revólver. Y aquí es donde aparece Al Swearengen (Ian McShane)

Swearengen es el amo y señor de Deadwood. Aunque en apariencia tan sólo dirige el local The Gem Saloon, no hay nada que ocurra en la ciudad de lo que no se entere. De una inteligencia y visión de futuro privilegiada, está dispuesto por todos los medios a conseguir la anexión de Deadwood a Dakota. Por su propio interés, por supuesto. Es duro ser un chulo, pero Al es mucho más que eso y elimina sin pestañear cualquier obstáculo que se cruce en su camino. McShane es un actor que nunca me había llamado la atención, pero aquí puede decirse que ha encontrado el personaje de su vida y está sencillamente espléndido.

Si hay algo de importancia en el western es el rostro de los personajes: personas con el rostro curtido que se las han visto de todos los colores y por eso no necesitan hablar demasiado, son más gente de acción que otra cosa. La elección de Keith Carradine como Wild Bill Hicok no pudo ser más acertada, aunque desaparezca demasiado rápido su presencia se sigue notando en los capítulos siguientes. La Calamity Jane de Robin Weigert, sin embargo, es más bruta que un arado y roza la caricatura.

Uno de los mayores aciertos de la serie, aparte de los brillantes diálogos, es el mimo con que se trata a todos los personajes secundarios. Desde el médico que interpreta ese robaescenas consumado que es Brad Dourif pasando por el relamido dueño del hotel hasta el señor Wu (no se puede sacar más provecho de un personaje que sólo sabe decir cuatro palabras en inglés), todos están magníficos. Desgraciadamente, como suele pasar con otras series, tras la tercera temporada acabó de una manera totalmente brusca, ya que no se trataba de un final, ni mucho menos… o quizás, tal vez, como la ciudad, nunca llegaría a estar acabada del todo.
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EL MURO DE COCA COLA




Mil dominós simbólicos, pintados por 15000 niños de todo el mundo, cayeron derribados, uno por uno, en las celebraciones por el 20 aniversario de la caída del muro de Berlín”. (nota del autor: véase cómo Lech Walesa, al empujar la primera ficha, está a punto de estamparse en el suelo por la energía con la que la tira, imagen que, en opinión del ignorante y susodicho autor, no deja de albergar cierto simbolismo histórico)


No sé qué pensaría Billy Wilder de este acto de celebración del, quizás, hito histórico más relevante del último cuarto de siglo, en el que se reduce toda una filosofía, todo un orden socioeconómico que derivó en poco menos que una religión, a un paripé con fichas de un juego de jubilados. Probablemente diría que es absolutamente coherente, y un resumen perfecto del estado de la cosa geopolítica. Se han cumplido 20 años de la caída del muro de Berlín, ese cuadro histórico que tantas cosas representa: el toque de corneta a un pensamiento social y económico, el tratado de paz de la Guerra Fría, la libertad de millones de ciudadanos supraeuropeos, y el arranque del chollo para todo aquello que tenga que ver con el concepto “corporación multinacional”. Muchos lo recibieron con esperanza, y otros, más de los que lo admiten, con un confuso sentimiento de resignación. A muchos jóvenes les sonará a chino siglas como RFA, RDA, URSS, y cosas como “Pacto de Varsovia”, pero en mi adolescencia formaban parte del paisaje habitual del telediario. Hoy en día, curiosamente, cuando la República Democrática de Alemania sólo es símbolo de corredoras de 400 metros vallas con más pelo que un oso hormiguero, crece entre sus antiguos habitantes la nostalgia por aquella época, y cada vez un porcentaje más alto querría volver a aquella separación. Qué lástima que Billy Wilder no esté vivo y coleando, porque haría una película deliciosa sobre todo esto. Coño, espera.


Uno, dos, tres” fue la siguiente película wilderiana después del hito artístico que significó “El apartamento”, y se rodó durante, mireustépordonde, la construcción del dichoso muro. Imaginen los blogespectadores las connotaciones melodramáticas del hecho sociopolítico, y adviertan la aparente inoportunidad de realizar una comedia disparatada y vodevilesca sobre la Guerra Fría y el choque de culturas. “Inoportunidad” que aprovechó buena parte de la crítica (y también del público) para lanzarse a la austríaca yugular de Wilder, incapaces de comprender, no sólo que los análisis políticos más afilados siempre se hacen desde la comedia (y hay varios ejemplos de ello), sino que tito Billy, aparte de ser un enorme cineasta, era un politólogo visionario.


El caso es que “Uno, dos, tres” es una de las comedias más frenéticas, veloces, implacables y asfixiantes que uno recuerda haber presenciado. Al ritmo de los chasquidos digitales de James Cagney, se suceden sin perdón situaciones, juegos de palabras, diálogos acerados, entradas, salidas, réplicas, gritos, tropiezos y carreras, sin dar un sólo instante de descanso al espectador. No es una escalera con descansillos, es una rampa que sube y sube, inescrutable, a través del bolígrafo inescrutable de Wilder, que dispara contra ambos lados del muro sin margen para el árnica. La historia no es complicada: un arribista director de la sucursal de Coca Cola en Alemania, C.R. McNamara, se encuentra con que la hija adolescente (Pamela Tiffin) de su jefe ha aprovechado una visita vacacional a Berlín para casarse en clandestinidad con un obrero alemán (Horst Bucholz) más comunista que la hoz y el martillo juntos; el jefe viene de visita, así que hay que hacer pasar al beligerante obrero por un aristócrata de buena familia. La comedia funciona con precisión (germano)suiza gracias, sobre todo, al enérgico trabajo de Cagney, protagonista plenipotenciario de la película, que encarna a un sujeto de valores dudosos – y plenamente capitalistas: quiero dinero, quiero ascender, quiero tener más que tú -, pero por el que es imposible no sentir empatía. Ni que sea porque consiga de una puñetera vez su objetivo y nos deje descansar. Como toda buena comedia, “Uno, dos tres” disfruta de unos secundarios excelentes, dibujados con trazos muy simples y unívocos, que representan distintos arquetipos de las sociedades a las que Wilder desmenuza sin piedad. Destaca el ayudante de McNamara, Schlemmer (Hanns Lothar), un ex-sirviente de los nazis abandonado al capitalismo, pero incapaz de revertir sus tics de servilismo y marcialidad, aunque, eso sí, dice que ha olvidado quién era ese Adolf. Contrapunto delicioso es también la sarcástica mujer de McNamara, dándole hilo a la punta cada vez que habla. Quizás me chirría la excesiva interpretación de Bucholz, el cual siempre me parece con una vuelta de tuerca de más. Pero, en general, todo aquel que aparece (ese médico que siempre está tarareando las Walkirias) aporta su grano de comicidad no exenta de crítica social. Los diálogos son lo que se acostumbra en Wilder, es decir, geniales (“Atlanta es como Siberia pero con discriminación racial”), pero esta vez están por quintuplicado, y si apagas un momento el oído te pierdes algo.


“Uno, dos, tres”, incomprendida en su momento, reflejó a la perfección tanto la actitud invasora capitalistamericana, como la irreal ingenuidad del este pro-soviético, como el sentimiento de culpa y el espíritu de supervivencia germánico. Con esta irrefrenable comedia, Billy Wilder demostró que no sólo era un referente cinematográfico, sino que era un magnífico analista político; por lo cual, seguramente, hoy en día no tendría cabida en ninguna tertulia radiofónica.
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NO DESEARÁS (MATAR) AL PERRO DEL VECINO



A veces el tener nuestras propias filias o fobias puede ser una ventaja. Reconozco que no me habría enterado de la existencia de Cómo matar al perro de tu vecino si el protagonista no hubiera sido Kenneth Branagh, pero había leído que había tenido buenas críticas y había ganado premios, pese a no haberse estrenado comercialmente en nuestro país, de modo que finalmente la vi. Y no me arrepiento en absoluto.

Si dijera que el argumento va de escritor cínico a quien no le gustan los niños y conoce a la hija pequeña de unos vecinos, sobreprotegida debido a su minusvalía, seguro que pensaréis que se trata de un rollo sentimentaloide y lacrimógeno. Nada más lejos de la realidad.

Peter McGowen (Branagh) es un escritor famoso. De joven se ganó la reputación de genio con su primera novela y desde entonces no ha conseguido repetir el mismo éxito. Tiene una lengua de víbora, es un fumador compulsivo y no soporta a nadie, además hace noches que no puede dormir debido a los ladridos del perro del vecino, lo que ha aumentado su habitual malhumor. Su mujer, Melanie( Robin Wright Penn) es un auténtico ángel, pero últimamente el reloj biológico la está empezando a preocupar, ya que a su marido no parece entusiasmarle la idea de ser padre, como parece indicar la hilarante visita al ginecólogo.

A partir de estos elementos Michael Kalesniko construye una comedia ágil e ingeniosa. Hay escenas tan divertidas y bien montadas como las de la entrevista del programa de televisión, alternando las imágenes de dentro del estudio y las del helicóptero, o la de la su conversación con su doble , y afortunadamente no cae en la tentación de centrarse tan sólo en un personaje tan egocéntrico como McGowen, pese a lo mucho que se presta a ello, los secundarios también están bien dibujados, como el asesor de McGowen (“¿Estás borracho?” –“ Qué hora es? “ – “Las cuatro” – “Si.”), o el policía que no conoce más obras de teatro que los musicales de Lloyd Webber.

Branagh está estupendo en su papel, de hecho creo que es una de sus mejores interpretaciones no Shakespearianas en la pantalla, claro que los mal pensados podrán decir que lo tenía fácil para hacer de egocéntrico, y su relación con la niña no es para nada empalagosa, de hecho es el único que la trata como una persona totalmente normal y adulta.

Una película totalmente recomendable, de las que dejan buen sabor de boca… (y ¡qué bien le queda la barbita a mi Kenny!)
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BANANA SPLIT



Esta es de cuando a Tim Burton le salía la magia por las orejas, y no tenía que hacer esfuerzos de estreñido para ejercer sus encantamientos; opino que, desde la jodida “El planeta de los simios” Burton no ha vuelto a ser el mismo, y su perroverdismo exhuma aromilla de fuego de artificio. En “Bitelchús” todavía era un adorable tarado que, no obstante, consiguió el suficiente favor del público como para que le permitieran hacer “Batman”. Una de sus escenas clásicas es esta cena embrujada por Michael Keaton en la sombra, en la que grandes de la comedia como Catherine O'Hara o Jeffrey Jones se ven forzados a moverse (a)rrítmicamente al son de Harry Belafonte. Mientras, Winona, con pinta de EMO fundacional, se lo mira con cara de no haber roto un plato, ni robado en una tienda de ropa.


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CENICIENTO Y LA CALABAZA



Cualquiera que me conozca un poco y sepa de mi gusto por el cine negro, sabrá que si en una película de ese género encima se le añadía una perversa versión de un cuento de hadas, adivinará que me lanzaría directa a verla de inmediato. Y eso es lo que ocurrió con Cara de ángel.

Aunque no aparezca en las listas de las mejores películas de cine negro, eso no quita que sea deliciosa y fascinante, una historia que ha mejorado con el tiempo, convirtiéndola en visión obligatoria de cualquier cinéfilo.

Una ambulancia se dirige apresuradamente a una lujosa mansión, donde la esposa del propietario ha estado a punto de morir asfixiada, en lo que no se sabe seguro si ha sido un intento de suicidio, un accidente... o quien sabe si algo peor. De todas maneras, la mujer está fuera de peligro y uno de los enfermeros, Frank Jessup (Robert Mitchum) descubre a la hijastra de la paciente, Diane Tremayne (Jean Simmons), tocando tranquilamente el piano.

Diane es una muchacha mimada y caprichosa, siente fijación por su padre y desprecia a su madrastra. Tiene una cara angelical, y desde el primer momento decide ir a la busca y captura de Frank, aunque él no parezca demasiado interesado en ella, ya que es muy feliz con su novia; pero Diane sabe cómo conseguir la cosas, y aprovecha la fascinación que siente Frank por su coche para atraparle como una araña.

Preminger nunca tuvo fama de ser demasiado amable con sus actores, precisamente, y una vez más lo demostró durante el rodaje de la escena en la que Robert Mitchum abofetea a Jean Simmons. Preminger insistía en que cada vez le diera más fuerte, una y otra vez, hasta que Mitchum se hartó, le cogió de la pechera de la camisa y le dio una sonora bofetada mientras decía “¿Así te parece bien?

Detalles aparte, consiguió una estupenda pareja protagonista. La sola idea de considerar a Mitchum como un “Ceniciento” ya es adorable, y está perfecto como el típico hombre duro y cínico (o al menos se piensa que lo es), pero que se deja enredar por una cara bonita, soltando las típicas frases cortantes de cualquier cine negro que se precie, como por ejemplo: “Te quiero a mi manera, pero… ¿Qué hombre estaría a salvo con una mujer como tú?”, y Jean Simmons, con su preciosa cara, era la compañera ideal de chicos malo como Mitchum o Brando. Como dice uno de los personajes, “Estás jugando con fuego y te lo aconsejo en una habitación llena de gas.”, así de explosiva era la relación de la pareja. La guinda que termina de adornar el pastel es el excelente y sorprendente final, cuando Frank se ha dado cuenta del auténtico carácter de Diane (o dicho de otra manera, el coche se ha vuelto a convertir en calabaza)… pero no había pensado en el carácter caprichoso y egoista de ella, y para ella no hay campanadas que valgan.
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PATRIMONIO NACIONAL


Este lunes nos ha dejado, a la edad de 87 años, el actor José Luis López Vázquez.

Ni esta noticia de agencias, ni ninguna hagiografía póstuma que se escriba sobre él (ni mucho menos esta), harán justicia al peso específico de este nombre en el imaginario histórico del cine español. Si fuera americano, algún que otro premio de cine, más de un estudio cinematográfico y varias fundaciones sin aparente ánimo de lucro llevarían, a partir de hoy, su nombre. Ha dicho Alex de la Iglesia, presi de la Academia de Cine, que se ha marchado “una de las patas de la mesa del gran cine español, junto a Pepe Isbert y Fernando Fernán-Gómez”, y no le falta razón. Ha sido uno de los iconos más reconocibles de nuestra historia cinematográfica, y también uno de los más imitados, gracias a su personalísima gestualidad y deje parlanchín, con esa manera de hablar tan empeñada en marcar eternamente cada sílaba como si todas fuesen acentuadas. En buena parte de la sociedad española quedará su imagen asociada al cine parrandero, pícaro pero ingenuo, castizo y bullanguero, asociado al aperturismo de los setenta, antes y después de la muerte del tío Paco. En películas marca “opio para el pueblo” tales como “Operación Mata-Hari”, “Cómo está el servicio”, “Por qué pecamos a los cuarenta”, “Lo verde empieza en los Pirineos” o “El señor está servido”. Taquillazos hispanos que ayudaron a inmortalizar su personaje cascarrabias, perseguidor de bikinis suecos y buenazo-pero-con-un-punto-de-mezquindad. Pero, intercalado entre este capazo de filmes coyunturalmente inevitables, López Vázquez fue un actor versátil y sensible cuyo talento no pasaba desapercibido para los grandes de nuestro cine ya desde sus inicios. Esencialmente, su gran descubridor y cómplice vitalicio fue Luis García Berlanga, que seguro que hoy se puesto unos cuantos años encima. Desde su primera colaboración, “Los jueves, milagro”, entre ambos han escrito buena parte de la historia del cine español de las últimas cuatro décadas: “Plácido”, “El verdugo”, “La escopeta nacional” y posteriores, entre otras, para acabar con “Todos a la cárcel”.

Pero su carrera artística no sólo es Berlanga, y ojo que vienen curvas. Marco Ferreri le empujó un poquito más hacia la historia de nuestro cine con la dupla “El pisito”/”El cochecito”; rompió taquillas con José María Forqué gracias a “Atraco a las tres”; quebró moldes y demostró su sensibilidad interpertativa y su capacidad de riesgo haciendo de mujer en “Mi querida señorita”; aterró a media España con el legendario corto de Antonio MerceroLa cabina”... su currículum es inacabable. A finales de los ochenta la industria cinematográfica empezó a aparcarle, y fue encontrando acomodo en la televisión, con múltiples apariciones plenas de profesionalidad y entrega. Su último papel reconocible se lo dio Juan José Campanella en “Luna de Avellaneda”, donde daba vida al entrañable propietario de un viejo club deportivo. La escena de su muerte me produjo una extraña emoción, como si asistiera al fallecimiento del verdadero López Vázquez, y me estremeció. Así como Fernando Fernán-Gómez era ese abuelo sabio al que visitas ávido de su lucidez pero temeroso de sus cambios de humor, José Luis López Vázquez era ese con el que vivirías toda la vida, inofensivamente gruñón, verborreico y vivaracho, sin el cual una casa es un poco más apagada, y un poco más silenciosa. Así se queda, hoy, el cine español, tras la muerte de López Vázquez: silencioso y un poco más apagado.


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ÚNETE A LA FAMILIA




¡Dichoso Halloween! Por si no tuvieran poco, los norteamericanos tienen que acabar imponiendo sus tradiciones por todo el mundo. Con lo bonito y divertido que eran esas tradiciones tan nuestras como Don Juan, o los panellets con moscatel… en fin. Ahora lo que cuenta es la calabaza y el “truco o trato”. Para al menos no desentonar con la ocasión, y mientras busco un disfraz para pedir caramelos, os propongo disfrutar de la jornada en familia, y ninguna mejor para ello que los Addams. Gómez y Mortícia (o Raúl Juliá y Anjelica Huston, si lo preferís) nos deleitan con un tango (o tal vez deberíamos dejarlo en "baile latino") en el que dan rienda suelta a su pasión. La verdad es que da gusto ver a una pareja tan enamorada ¿no me habré equivocado y es San Valentín?.
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YO NO SOY UNA CHICA ALMODOVAR



Este post va a ser un poco más corto de lo habitual (no se desmaye, señora). La culpa de ello no la tiene ni el catarrazo que me tiene cogido por las gónadas, ni una repentina rampa en los metacarpios de los dedos, ni que Dios exista y haya atendido a las plegarias de la Directrice. La culpa es del cine español, así, en general, que a veces parece que sólo tiene ojos para los mismos siete u ocho nombres de siempre, y se empeña en rezagar, con contumaz injusticia, algunos de sus valores más sólidos. No sé si en el caso que nos ocupa, la razón de su ostracismo se encuentra en algo tan inane como su apellido, Ozores, cuyo aroma retrotrae a un cine de salero grueso, exabrupto coyuntural y sujetador resbaladizo, absolutamente ajeno al extraordinario talento de Adriana, hija de Jose Luis, sobrina de Mariano y de Antonio, prima de Emma, y refractaria al llamado "ozorismo", a pesar de haber sido partícipe del mismo en sus inicios. Valga este pequeño artículo como homenaje, recordatorio y reivindicación de una de las mejores actrices de esta Hispania nuestra. Adriana Ozores.

A principios de los 80, apellidarse Ozores significaba formar parte del clan Ozores-Pajares-Esteso, grandes hacedores de aquel cine ochentero-pajillero que lubricó los desmanes mentales del españolito de a pie (o de a Supermiriafiori): "El liguero mágico", "Los chulos", "Brujas mágicas" o "Cristóbal Colón, de oficio descubridor", fueron grandes hitos del post-landismo en los que Adriana, fiel sobrina, participó más o menos vestida, aunque, habitualmente, en papeles muy secundarios de corte cómico, al estilo de su prima Emma. Visto que por aquel camino no había salida, tuvo la habilidad de intercalar pequeños papeles alimenticios en televisión con su vocación teatral, y, mientras entresacaba la cara en "Turno de oficio", se convertía en primera actriz de la Compañía de Teatro Clásico de Adolfo Marsillach. Allí se hizo un nombre, se forjó un talento y se aparcó el ozorismo de su apellido.

El cartero, por mucho que diga JACK, casi nunca llama dos veces, pero en este caso el cine volvió a picar a la puerta de Adriana. Fue Joaquín Oristrell quien la llamó para su ópera prima, "¿De qué se ríen las mujeres?", y aquí la Ozores empezó a demostrar que su capacidad para dar verosimilitud a un personaje también tenía cabida en nuestro séptimo arte. Enseguida se manifestó, no sólo su talento natural y su versatilidad para afrontar cualquier género, sino su buen ojo para elegir proyectos. Acertó al arriesgar con otro primerizo, Miguel Albaladejo, y participó en su excelente y coral opera prima, "La primera noche de mi vida", iniciando una fructuosa relación profesional. Cuando le otorgaron el Goya a la Mejor Actriz de Reparto por "La hora de los valientes", estaba claro que los finales de los noventa eran suyos. En pocas películas había demostrado que era capaz de insuflar vida y carácter a personajes de todo tipo de pelaje, y que se movía tan naturalmente entre las olas de la comedia como del drama más desaforado.

En 1999 se hartó de trabajar: además de ponerse a las órdenes de Gracia Querejeta en "Cuando vuelvas a mi lado", duplicó con Albaladejo en uno de los episodios de "Ataque verbal" y en una de las mejores comedias españolas de los 90, "Manolito Gafotas", en la que la Ozores, literalmente, se salía como ama de casa carabanchelera, chillona, y, ella sí, mujer profundamente desesperada (por las tropelías de sus abominables hijos). Incluso le daba tiempo a pasarse, de vez en cuando, por la serie "Periodistas", tocándole la moral a Jose Coronado. A partir de entonces deceleró su ritmo, pero siempre participando en películas de buen trazo, destacando sus interpretaciones en "La suerte dormida" (un inusual policíaco), "Héctor" (otra vez con Gracia Querejeta) y, especialmente, "Heroína", un tour de force interpretativo que acabó de encasillarla en el perfil de madre coraje y que le valió nominaciones y premios de todo tipo, aunque se le negó el Goya. Quizás para evitar ese encasillamiento, cambió de registro y pasó a fría ejecutiva en "El método". Pero ya era tarde: la cárcel televisiva la había aprisionado con la versión cajatontera de "Manolito Gafotas", y "Los hombres de Paco" ha terminado de absorberla.

Así pues, el teatro ha vuelto a convertirse en su refugio artístico, triunfando el año pasado con "Lady Macbeth", y recién estrenada una comedia de infidelidades llamada "Sexos", ambas en los Madriles, a la espera de que llegue a las pantallas su última colaboración con Miguel Albaladejo, "Nacidas para sufrir", y podamos de nuevo admirar el talento natural, la verosimilitud y versatilidad de una de las mejores actrices que ha pisado las pantallas españolas estos últimos años, y a la que ha perjudicado, quizás, no haber entrado en determinados circuitos del glamour. Puede que no seas una chica Almodóvar, pero que sepas, Adriana, que eres una chica linternera. Que oyes, algo ya es.
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EL SÍNDROME DEL GENIO INCOMPRENDIDO



Gilliam el fantástico, el genio maldito, el visionario… los adjetivos pequeños no le van a este personalísimo director. Formó parte del genial grupo de los Monty Python, y eso le tuvo que marcar. Con ellos, aparte de su trabajo como actor, hizo las animaciones que aparecían en el espectáculo de Monty Python’s flying circus y dirigió Los caballeros de la mesa cuadrada y La bestia del reino, donde ya se empezaba a notar que Gilliam estaba en otra onda. Tenía el sentido de humor de sus colegas, eso sí (aunque fuera el único yanki en la corte de los Python), pero una fantasía desmesurada. Aún así, The crimson permanent assurance, el corto que dirigió para El sentido de la vida, es uno de los sketchs más recordados del grupo.

Una vez separados empezó su carrera en solitario con Los héroes del tiempo fue un éxito, lo que dio pie a su siguiente película, Brazil, con la que la crítica ya empezó a fijarse en él como en un autor totalmente personal y de delirante tratamiento visual, y que pese a no ser una adaptación al pie de la letra de 1984 de Orwell, es la que mejor ha captado el espíritu de la novela. Sus siguientes proyectos fueron El barón de Munchausen, El rey pescador y 12 monos. Todos ellos tenían algo en común: todas hablaban del enfrentamiento de fantasía y realidad, que lleva obligatoriamente a la locura; la imaginación no es lugar tan agradable como pensamos, ya que también se ha acabado contagiando de nuestros demonios personales, pero aún así la seguimos prefiriendo a la realidad. El rey pescador fue una de sus películas más encantadoras y accesibles, con unos estupendos Jeff Bridges y Robin Williams, y 12 monos fue una magnífica adaptación de La jetée con toques de Vértigo con otra magnífica pareja protagonista: Bruce Willis y Brad Pitt.

Miedo y asco en Las Vegas fue, mucho antes de que se pusiera de moda la palabrita, toda una experiencia lisérgica, y ya empezó a hablarse de que en él lo que importaba más era el continente que el contenido, y siguieron dos fracasos: Los hermanos Grimm, que al menos tenía el aliciente de ver a la Bellucci haciendo de bruja diciendo lo de “espejo, espejito mágico” (lo que no es poco), y la desaparición de cada uno de los niños estaba muy bien rodada. Tideland fue una amarga visión de Alicia en el país de las Maravillas; como él mismo reconoció, El laberinto del fauno trataba un tema muy parecido y prácticamente coincidieron en el tiempo, pero la película de Guillermo de El Toro gustó mucho más.

Y ha llegado el momento de hablar de sus proyectos fallidos. Desde Orson Welles no había habido ningún director con tantos proyectos sin acabar o que no haya podido realizar: el más emblemático es The man who killed Don Quixote, que dió lugar al documental Lost in La Mancha, donde se dejaba claro su entusiasmo y poco sentido práctico ( y tal vez algo de gafe, quien sabe). Entre los que no pudo dirigir están Historia de dos ciudades, Un yanki en la corte del rey Arturo o Watchmen. El imaginario del doctor Parnassus parecía que iba a unirse a esa lista debido a la prematura muerte de Ledger, pero el apoyo de Johnny Depp, Jude Law y Colin Farrell hizo que pudiera terminarse y se convirtiera antes de estrenarse en una película de culto por razones extracinematográficas.

No hay duda de que Gilliam es Munchaussen, Don Quijote o el doctor Parnassus, un mentiroso charlatán que se enfrenta a molinos de viento, pero aún así tiene la extraña cualidad de que al menos algunas de las escenas de sus películas valgan más la pena que algunas películas enteras y su imaginario parece inagotable... Quien sabe. Tal vez su suerte haya cambiado, porque parece que el proyecto de acabar Don Quijote sigue adelante
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APOSTADORES DE ALMAS


Visto lo visto (y, en especial, lo no visto), poder presenciar en una pantalla de cine comercial una película de Terry Gilliam es un hito cada vez más insólito. Al ex-Monty Python parece haberle mirado un batallón de tuertos con un gato negro cada uno, porque las historias de las filmaciones de sus películas (o de sus no-películas) son ya legendarias. Con “El imaginario del dr. Parnassus” no fue ni un exceso de presupuesto (loor a los baratísimos efectos digitales), ni problemas con las localizaciones, ni dificultades de casting de última hora. Simplemente, se murió uno de los actores principales a mitad de rodaje. Sin embargo, por una vez, y sin que sirva de precedente, los hados le han echado una mano, y la expectación provocada por ver la última interpretación de Heath Ledger, y la ingeniosa idea aplicada para sustituirle durante el resto del rodaje, han conseguido llevar la película hasta el puerto que se merecía: el estreno. Tal es así, que en los créditos del film la película no es de Gilliam sino de “Heath Ledger y sus amigos”, un bonito y discreto homenaje al que podía haber sido uno de los grandes actores de su generación.

¿Y la peli, qué tal, marcbranches? Pues algo sí queda claro, y es que, desde luego, es una película de Terry Gilliam. Tiene su marchamo desde el primer minuto hasta el último. Él comenta que es su proyecto más personal, e incluso más autobiográfico, aunque me cuesta reconocer este último aspecto. “Parnassus” cuenta la historia de un hombre (Christopher Plummer), un actor con una mísera compañía teatral, que había alcanzado la inmortalidad gracias a un pacto con el diablo (que tiene la pinta y la voz de coñac de Tom Waits), otorgándole además un poder proyectado a través de un espejo mágico, que sobredimensiona, haciéndolas realidad, las imaginaciones del que entra en el espejo. Por supuesto, el diablo siempre juega con las cartas marcadas, y eso tiene un precio: se llevará a todos los hijos del viejo Parnassus cuando cumplan los dieciséis, cosa que está apunto de suceder con su hija Valentina (Lily Cole). Mientras la fecha del cumpleaños se acerca, la andrajosa compañía teatral se encuentra con un extraño tipo, Tony (Ledger), al que salvan de un seguro ahorcamiento, y que se les une en su viaje, aunque parece que tenga su propia agenda.

Como decía, es una película con el sello Gilliam, en lo bueno y en lo malo. A estas alturas, a mí ya me queda claro que Gilliam necesita que alguien le escriba un guión lo suficientemente férreo para que le permita salirse por peteneras sin que la verosimilitud y la comprensión de la historia se resientan. A Gilliam le puede, en demasiadas ocasiones, su universo, sus monstruos, sus grandes angulares, sus parajes imposibles, olvidándose de explicar de manera mínimamente elaborada por qué están ahí. En este sentido, tiene el concepto de autoría muy asentado; rueda SUS películas, lo que a él le fascina, convencido que los de detrás de la cuarta pared van a seguirle sin problemas y con pleitesía. Lo cual, a estas alturas, y teniendo en cuenta su historial de fracasos, es asombroso. En “Parnassus” nos encontramos con una película a la que, una vez más en nuestro adorado geniecillo, le falla esplendorosamente la narrativa. El desarrollo del film es confuso, nunca queda demasiado claro, cuando apuestan almas Parnassus y el diablo, por qué se llevan cada uno las suyas, ni qué provoca exactamente lo que vemos al otro lado del espejo, ni las motivaciones reales de Tony. Todo es un embrollado batiburrillo del que da la sensación que a Gilliam no le interesa salir, puesto que lo que realmente le importa es el dibujo de las realidades que presenta en el filme. Una es la terrenal, la representada por el astroso teatro de feria ambulante al que nadie quiere ir, hasta que Tony, con su carisma lenguaraz, consigue atraer a la gente necesaria para que Parnassus gane su apuesta; la otra es la que se encuentra detrás del espejo, en la que Gilliam se puede solazar gracias a los efectos digitales, y que nos retrotrae a los tiempos de “Las aventuras del barón Munchausen” o “Los héroes del tiempo”. Aunque, en mi nada modesta opinión, carece de la magia de aquellas.

La solución al problema de Heath Ledger es brillante, sin duda. Cuando Ledger cruza el espejo y cruza el universo de la imaginación, se convierte en Johnny Depp, Jude Law o Colin Farrell. El actor australiano, sin embargo, se las arregla para dejar constancia de su brillantez en el resto de escenas “reales”, improvisando la mitad de los diálogos de su charlatán de feria (que, según Gilliam, es un trashunto de Tony Blair) e irradiando el carisma juguetón que requería su personaje. Él ha acabado siendo el alfa y el omega de este proyecto ciento por ciento Gilliam que, paradójicamente, sin el fallecimiento de su protagonista es probable que nunca hubiese visto la luz. Disfrutemos, a pesar de sus irregularidades, con este imaginario, antes de que Terry se ponga manos a la obra con su eternamente postpuesta “The man who killed Don Quixote”. Si es que consigue acabarla, claro.

 
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