
No hay nada más fascinante en la Historia que el nacimiento de una nación, ver cómo de la nada un grupo de personas sin importancia consiguen levantar una ciudad poco a poco. Sus nombres no pasarán a los libros de Historia, pero sin ellos no habríamos llegado a donde estamos. Y Deadwood trata de todo ello. Deadwood es un lugar cercano a Dakota, rodeado de montañas. Nadie se detendría allí si no fuera por el oro que dicen que hay en el terreno, y eso ha hecho que llegue gente sin cesar, esperando hacer fortuna.
La serie tiene un reparto coral, ya que no hay un protagonista concreto, aunque podría decirse que Seth Bullock (Timothy Olyphant) es lo más cercano a un héroe, sus ataques de ira impiden que sea perfecto, y además acaba totalmente eclipsado por el “lado oscuro”. Porque no nos engañemos, es lo que más abundaba en el lejano Oeste, donde imperaba la ley del revólver. Y aquí es donde aparece Al Swearengen (Ian McShane)
Swearengen es el amo y señor de Deadwood. Aunque en apariencia tan sólo dirige el local The Gem Saloon, no hay nada que ocurra en la ciudad de lo que no se entere. De una inteligencia y visión de futuro privilegiada, está dispuesto por todos los medios a conseguir la anexión de Deadwood a Dakota. Por su propio interés, por supuesto. Es duro ser un chulo, pero Al es mucho más que eso y elimina sin pestañear cualquier obstáculo que se cruce en su camino. McShane es un actor que nunca me había llamado la atención, pero aquí puede decirse que ha encontrado el personaje de su vida y está sencillamente espléndido.
Si hay algo de importancia en el western es el rostro de los personajes: personas con el rostro curtido que se las han visto de todos los colores y por eso no necesitan hablar demasiado, son más gente de acción que otra cosa. La elección de Keith Carradine como Wild Bill Hicok no pudo ser más acertada, aunque desaparezca demasiado rápido su presencia se sigue notando en los capítulos siguientes. La Calamity Jane de Robin Weigert, sin embargo, es más bruta que un arado y roza la caricatura.
Uno de los mayores aciertos de la serie, aparte de los brillantes diálogos, es el mimo con que se trata a todos los personajes secundarios. Desde el médico que interpreta ese robaescenas consumado que es Brad Dourif pasando por el relamido dueño del hotel hasta el señor Wu (no se puede sacar más provecho de un personaje que sólo sabe decir cuatro palabras en inglés), todos están magníficos. Desgraciadamente, como suele pasar con otras series, tras la tercera temporada acabó de una manera totalmente brusca, ya que no se trataba de un final, ni mucho menos… o quizás, tal vez, como la ciudad, nunca llegaría a estar acabada del todo.























